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martes, 7 de agosto de 2012

El TC-100, con nuevo esquema, se prepara para volver al país.



Es la primera vez que un avión de transporte militar argentino llega a los hangares chilenos para una recorrida de mantenimiento y reparación integral que culminó tras un año y cuatro meses de trabajo.

La nave partió del país en abril de 2011, en el marco de un contrato para la realización de una inspección mayor que se denomina Program Depot Maintenance (PDM) por el que se pagó algo más de 3,5 millones de dólares a la firma chilena Enaer.

La Fábrica Argentina de Aviones (FadeA) de Córdoba dirigida por Raúl Argañaraz tenía a principios de 2011 dos Hércules en inspección mayor: el TC-64 y el TC-66. Ambos fueron enviados allí cuando la planta estaba concesionada a la estadounidense Lockheed Martin. Errores de gestión durante el período privado de la planta de fabricación cordobesa de aviones militares, vaivenes presupuestarios anteriores y actuales sumados a conflictos gremiales de la ahora estatizada FadeA, los tuvieron cautivos por casi 6 años. El TC-66 vio la pista y pudo volar recién en mayo de 2011; su gemelo TC-64 no tuvo esa suerte, se dice que podría entrar en servicio a mediados de este mes.

Ante la imposibilidad de FadeA de cumplir con los plazos necesarios para contar con la capacidad estratégica de transporte definidos en el Programa de Recuperación de Aeronaves, Defensa optó por la alternativa de la chilena Enaer. El TC-100 es el primer bebé nacido de esa probeta que unió necesidades operativas urgentes y señales políticas de mayor integración allende la cordillera.

El director ejecutivo de Enaer, general de brigada aérea Rafael Sánchez Giraud, firmó en marzo de 2012 un contrato con la Fuerza Aérea Uruguaya (FAU) para realizar un PDM -inspección mayor- en un avión Hércules C-130B.



Este tipo de mantenimiento y reparación en aviones militares no lo hace cualquier empresa, debe tener la certificación del fabricante: Lockheed, y cumplir plazos preestablecidos para cada tarea. La inspección mayor demanda 9 meses, el caso del TC-100 criollo llevó un año y cuatro meses porque el aparato es una versión civil que la Fuerza Aérea Argentina adquirió a fines de 1982, los manuales tienen parámetros distintos que los similares C-130 militares.

En la jerga de los aviadores se lo conoce por el mote «la chancha blanca» por el color de la pintura con que llegó al país, su primera matrícula era N4170M, norteamericana, luego se rematriculó LV-APW, hasta que finalmente se asimiló a las identificaciones militares con TC-100. No tiene la capacidad de lanzamiento de paracaidistas porque carece de puertas laterales; sólo cuenta con el portón trasero.

En 1968 comenzó el programa de incorporación de los Hércules, la fuerza adquirió los aviones más la herramental, manuales operativos, cursos de capacitación a pilotos, tripulaciones y técnicos, y proveyó al Grupo Técnico 1 de la base aérea El Palomar de la infraestructura que requieren las inspecciones de rutina hasta la más compleja PDM, inspección mayor, que recientemente se efectuó al TC-100 en Chile. Cuando la ex Fábrica Militar de Aviones de Córdoba se dio en concesión a la estadounidense Lockheed, en tiempos de Carlos Menem, la política determinó que esos talleres se hicieran cargo -bajo contrato- de las tareas que hasta entonces hacían los técnicos de la fuerza en El Palomar.

El transcurso del tiempo y la falta de tareas específicas fueron minando el plantel de los experimentados técnicos de la fuerza, que pasaron a retiro o se reciclaron en la actividad privada. En 1985, por caso, Chile envió a uno de sus C-130, que fue inspeccionado en El Palomar; inclusive se dieron cursos a técnicos y logísticos trasandinos asignados a esa aeronave.

Fuente: www.totalnews.com.ar

1 comentario:

  1. Muy buen resumen.
    Cuantas capacidades perdidas.
    Espero ver volar al TC-100 el proximo finde en la EAM.
    OSO

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